Con una sinceridad que va más allá de clichés, y sin ocultar las contradicciones, y también con la caridad y el amor a las personas a las que ha sido enviado, el misionero José María Cantal Rivas, habla desde el desierto de Argelia, el lugar de misión de este Padre Blanco. Este misionero granadino sabe de lo que habla, vive en la ciudad argelina de Adrar, en pleno desierto del Sáhara y, antes, tuvo como destinos Burkina Faso, Egipto y, en la misma, Argelia, estuvo a cargo del Santuario de Nuestra Señora de África en Argel. En estas declaraciones para las Obras Misionales Pontificias recuerda que “lo primero que hay que decir es que estos emigrantes llegan a Argelia para atravesarla y llegar a Europa, por lo que su primera preocupación es una preocupación lógicamente material y de viaje. Ellos quieren ganar un poquito de dinero durante su estancia en Argelia para seguir viajando hacia el norte. Entonces, su preocupación primera no es la práctica religiosa. Incluso entre aquellos que son musulmanes y entre los cristianos igualmente. Hay, por eso un porcentaje muy pequeño de emigrantes que se acerca a la Iglesia”, manifiesta el padre José María. “A menudo piensan que no hay Iglesia en Argelia de ningún tipo. Y a veces, cuando descubren que hay Iglesia, su primera preocupación no es espiritual. Son necesidades materiales que hay que cubrir y a veces desearían que les ayudáramos a cruzar el estrecho”.
En muchas ocasiones, explica este Padre Blanco, “se preguntan cómo es posible que siendo ellos cristianos, y nosotros también, no seamos más solidarios, más generosos, que no respondamos a todas sus peticiones con un sí. No siempre es fácil tratar con esta población, porque a veces su deseo de ir hacia el Norte, les tiene un poco obnubilados ante los consejos que tú puedes dar sobre la seguridad, las mafias, la precariedad”. Y los consejos que se le puedan dar “no son recibidos, digamos, con la con la permeabilidad que uno desearía por el bien de ellos. De todos modos, hay actividades como ropero, pagar medicamentos, dar de comer. Evidentemente, es difícil albergarlos en nuestras casas por razones de la ley”. Lo que sí se puede hacer, a veces, es pagar “un par de noches en una pensión o el transporte, tanto para ir hacia el norte, como, algo más raro, cuando deciden volver a sus países”.
Señala que lo que él ve allí, en el desierto argelino, “son jóvenes andando por el desierto, en el arcén de las carreteras, a veces sin ningún tipo de mochila, ni bolso, ni nada. Como mucho, un sombrero, un gorrito, una botella de agua en la mano, A veces medio vacía”. Una precariedad muy grande que te rompe el corazón. “La gente suele parar para darles agua y comida, pero por ley, el que recoja a un emigrante en su coche, aunque sea, digamos, con una buena intención, se le puede acusar de tráfico de seres humanos, por eso la gente tiene miedo de recogerlos”. Hay que ayudar, pero la gente tiene miedo. Y pasa lo mismo en las estaciones de autobuses, “donde hay unos carteles diciendo que al que no tenga documentos no se le puede vender un billete”. Da muchísima pena la situación, y luego “a veces los ves trabajando en obras o en el campo, en los oasis… pero claro, es un trabajo clandestino, sometido a todas las precariedades que uno pueda imaginar”. Pero reconoce este misionero que le sorprende esa juventud tan motivada y, en su opinión, “es un movimiento migratorio mundial imparable”. Sea cual sea el tipo de legislación que se establezca, los mismos emigrantes tienen su modo de razonar “que no es el nuestro”.
Además, añade el padre Cantal Rivas, hay “una serie de rumores, de leyendas urbanas, que circulan entre ellos, de afirmaciones de redes mafiosas, también de timos, de estafas, que hacen que los emigrantes no tengan acceso a ningún tipo de información oficial, ya sea por cuestión de lengua, ya sea porque no tienen acceso a los lugares donde esa información oficial se difunde”. Así que, al final, “viven de lo que se dice en sus círculos de migración y a menudo la información es que vas a conseguirlo; otros lo han conseguido, por qué tú no”. Y así todo lo que se dice sobre las dificultades para integrarse o conseguir documentación o regularizarse, que todo eso es mentira, y “esa es la información que en general circula entre ellos y yo se lo he oído directamente cuando les desaconsejaba no seguir hacia adelante”. Le miraban entonces “con desprecio, diciendo que tú eres un blanco egoísta que no quiere nosotros vivamos bien”. Ante los folletos de información financiados por la Unión Europea, se ríen, considerando que no es más que propaganda antiinmigración, que está basada simplemente en el egoísmo de Europa, que no quiere que la gente vaya”. Por eso, insiste, este movimiento es imparable. Reconoce que no sabe “cómo se puede gestionar este movimiento mundial, pero esto habrá que gestionarlo a nivel mundial y no a nivel de país por país”.
El perfil de los emigrantes que atraviesan Argelia es muy variado, cuenta el misionero, y “hace unos años era esencialmente gente de Nigeria, Camerún y países de África occidental como Guinea Bissau, Costa de Marfil, Burkina, Mali… Ahora se ve, desde hace un par de años, que son gente de Sudán del Sur, Sudán, Etiopía, Eritrea, que llegan a Argelia después de haber atravesado Egipto y Libia”.
Un servicio que la Iglesia presta a los emigrantes es el de capellán en las cárceles. Las autoridades argelinas tienen autoridad autorizados a unos 60 miembros de la Iglesia para visitar a los presos que se declaran cristianos. Y hay que decir que en muchísimos casos son sobre todo emigrantes, ya sea detenidos por estar en situación irregular o por haber trabajado sin papeles o por haber cometido algún delito. Este apoyo a los emigrantes en la cárcel “es muy valioso. Lo primero porque les da dignidad. Alguien viene a verlos, alguien lo saca del anonimato, alguien reconoce el valor de lo que son sus convicciones. A veces es esta visita a la cárcel la que permite poner en contacto a las familias que piensan que su hijo o su hija han fallecido. Ponerlos en contacto a través del WhatsApp, decirles que su hijo está vivo, que está en tal cárcel, que le quedan tantos años, etcétera. Dar algún tipo de consejo a esta población carcelaria, extranjera y cristiana sobre cómo afrontar los años de cárcel o cómo pedir algún tipo de servicio en la prisión, que ellos desconocen que tienen derecho, como puede ser el recibir un giro postal con dinero de parte de su familia, etcétera”.
Concluye recordando que en el siglo XIX el Papa León XIII concedió una indulgencia para los que en Nuestra Señora de África, en Argel, cada domingo rezaran por el alma de aquellos que morían en el mar y eran enterrados en el mar. “La Providencia ha querido que ahora no León XIII, sino León XIV, al visitar Argelia, haya actualizado ese cenotafio que hay ahí en la entrada de la Basílica en el exterior, en memoria de los que mueren en el mar, para todos aquellos que hoy en día mueren y que ya no son marinos, sino que son esencialmente emigrantes”. Y recuerda que “el Papa Francisco dijo que había que evitar que el Mediterráneo se convirtiera en una inmensa tumba”, por eso, “una oración por ellos es una forma también de animarnos nosotros a considerar a los emigrantes con el respeto que merece todo ser humano creado por Dios”.
Fuente: omp.es
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