Llegó a Canarias con una maleta llena de deudas, miedo y la urgencia de sostener a sus tres hijos, que quedaron en Colombia. Sin embargo, pocos días después de aterrizar en España, su intento de empezar de nuevo derivó en una pesadilla de explotación sexual en Canarias, violencia, aislamiento y trauma, dentro de un contexto de prostitución forzada. Hoy, lejos de ese entorno, ha retomado su trabajo en el sector de la belleza y, con el acompañamiento de la asociación In Género Telde, ha decidido alzar la voz para otras víctimas de trata Llegó a Canarias con una maleta llena de deudas, miedo y la urgencia de sostener a sus tres hijos, que quedaron en Colombia. Sin embargo, pocos días después de aterrizar en España, su intento de empezar de nuevo derivó en una pesadilla de explotación sexual en Canarias, violencia, aislamiento y trauma, dentro de un contexto de prostitución forzada. Hoy, lejos de ese entorno, ha retomado su trabajo en el sector de la belleza y, con el acompañamiento de la asociación In Género Telde, ha decidido alzar la voz para otras víctimas de trata en Españasalir de la prostitución es posible, aunque el proceso sea largo, doloroso y lleno de obstáculos.

Su relato, pronunciado en primera persona y entre pausas cargadas de emoción, reconstruye una historia de vulnerabilidad extrema, pero también de supervivencia. “Estoy agradecida con Dios y con todos ustedes, con este equipo”, expresó al inicio de su intervención, en la que quiso poner voz a muchas otras mujeres migrantes que, como ella, llegan a las Islas empujadas por la necesidad y terminan atrapadas en circuitos de explotación.

“Llegamos con una mentalidad y nos encontramos con otra realidad”

En su testimonio, la mujer describe el choque brutal entre las expectativas con las que emigró y lo que se encontró al llegar a Canarias. Según contó, la falta de documentación, las dificultades para acceder a un trabajo y la presión económica terminan empujando a muchas mujeres a contextos de alto riesgo.

“No es fácil estar acá, llegar acá. Todas las puertas están cerradas, no se abre tan fácil”, lamentó. A esa situación se sumaba la carga de la deuda contraída para poder viajar y la angustia constante por sus hijos, lejos de ella y con necesidades que no esperaban. “Conseguir un papel, un documento, se vuelve cada día más difícil y nos envolvemos más y más en ese mundo que nos lleva a correr tantos riesgos, peligros, droga, de todo”, afirmó.

Su caída en ese entorno fue casi inmediata. Apenas llevaba 15 días en Canarias cuando, según explicó, ya se encontraba inmersa en una dinámica de explotación que la dejó sin margen de maniobra. En ese escenario, el miedo operaba como una herramienta de control. “Allá lo que nos dicen cuando llegamos es: no pueden hablar, no puedes decir nada, no puedes llamar a nadie. Este es un país que si llamas te deportan”, recordó. Ella, que no conocía España ni sus recursos, guardó silencio por temor.

“Me secuestraron en un hotel”

Uno de los momentos más duros de su relato llegó al recordar un episodio que, según dijo, la marcó psicológicamente. La joven contó que fue encerrada en el balcón de un hotel por una persona que, además, la empujó al consumo de drogas. “Bajo los efectos de la droga me dejó en un balcón y eso fue algo para mí traumático. Pensé que me iba a tirar de ahí, no sabía qué iba a pasar con mi vida”, señaló.

Aquella experiencia dejó una huella profunda. No fue la única situación de violencia que vivió, pero sí una de las que más claramente quebró su estabilidad emocional. A partir de ese momento, el miedo, la ansiedad y la sensación de encierro fueron ganando espacio en su día a día.

Aun así, no encontraba salida. La dinámica a la que estaba sometida la obligaba a seguir. Según relató, en los pisos en los que estuvo alojada se exigía el pago semanal de 250 euros por una habitación, una cantidad que hacía prácticamente imposible dejar de ejercer la prostitución. “Era obligatoriamente que sí o sí tenías que trabajar, porque cómo lo ibas a pagar, más la comida, más todo. Si no pagas, te echan”, explicó.

“Ahí comenzó a entrar la luz en medio del túnel”

En mitad de esa situación apareció una de las profesionales de In Género. La asociación acudía a los lugares donde se encontraban las mujeres para ofrecer material preventivo y apoyo. Fue en una de esas visitas cuando la joven reunió fuerzas para hablar.

“Un día llegó ella, porque van a visitar a llevar unos preservativos. Yo no la conocía, pero tenía como un nudo aquí, quería decirlo, quería saber quién me podía ayudar porque quería salir de ahí”, recordó. Entonces recibió una respuesta que lo cambiaría todo: “Me dijo: tengo una abogada que te puede ayudar. Y ahí comencé a entrar como que la luz en medio del túnel”.

A partir de ese momento comenzó un proceso que no fue inmediato ni sencillo. La salida del entorno de explotación no ocurrió de un día para otro. Hubo cambios de piso, seguimientos, gestiones legales y nuevas situaciones de tensión. La joven contó que llegó un momento en el que su cuerpo y su mente ya no podían más. “Yo no quería que más nadie me tocara. Tengo una profesión, tengo mi arte, esto no es lo mío”, dijo con rotundidad.

“O era la calle o era mi vida”

La ruptura definitiva llegó cuando decidió marcharse. Llevaba días sin trabajar, sin comer bien y sin dormir. La depresión, aseguró, era total. “Cogí mi maleta y me fui a dormir a la calle. Dije: o es la calle o es mi vida, o es mi vida o me quedo en este lugar”, narró.

Desde la calle envió una fotografía a la profesional que la estaba acompañando. Era una petición de auxilio. “Le dije: me fui a la calle, no puedo más. Si me pueden ayudar, porque no voy a seguir más ahí”. La respuesta fue rápida. Aunque el abogado que llevaba su caso estaba de vacaciones, explicó que el equipo se movilizó para encontrarle una alternativa habitacional.

Así accedió a un recurso de estancia en el que permaneció nueve meses. Allí inició un proceso psicológico y social para reconstruirse. “No fue fácil tampoco”, admitió. Ya fuera del entorno de prostitución, comenzaron a aparecer otras angustias: la falta de dinero, la preocupación por sus hijas, la incertidumbre migratoria y el miedo al futuro.

“Salí con tres títulos y volví a mi arte”

Durante su estancia en el recurso, decidió aprovechar el tiempo para formarse. Hizo cursos, obtuvo tres títulos y trabajó su recuperación emocional. “La parte psicológica rendí, la parte social también. Me integré más a la sociedad, comencé a estudiar, a especializarme un poco más”, explicó.

Ese esfuerzo abrió una nueva etapa. Según relató, después fue derivada a otra entidad desde la que pudo darse de alta como autónoma y, con la formación que había traído de su país sumada a la adquirida en Canarias, consiguió empleo en una empresa del sector de la belleza, donde está a punto de cumplir un año.

Su estabilidad, sin embargo, sigue siendo frágil en algunos aspectos. Todavía no ha podido reunirse con sus hijos y el proceso de regularización documental continúa. Tampoco le ha resultado fácil acceder a una vivienda, un problema habitual entre muchas personas migrantes. “Aunque estoy integrada en la sociedad, con el arriendo a veces te ponen dificultad, quieren dos nóminas, te piden muchas cosas”, lamentó. Aun así, subrayó que ha avanzado “bastante”.

“Quiero que otras mujeres vean que sí se puede”

Lejos de quedarse solo en la supervivencia, su meta ahora es transformar el dolor en impulso para otras. La joven aseguró que está centrada en su trabajo, en desarrollar una línea capilar vinculada a la belleza y en transmitir un mensaje de esperanza a mujeres que atraviesan situaciones similares.

“Quiero que otras mujeres como yo vean que sí se puede. Que es un proceso doloroso, que es difícil, más cuando tenemos niños, pero sí se puede”, afirmó. En su intervención insistió en que no quiere ser definida únicamente por aquella etapa de explotación, sino también por lo que ha logrado construir después.

“Quiero que vean que he logrado algo en mi vida, que no importa que mi pasado lo viví, pero sí llegué a donde voy”, dijo. Su deseo es que otras mujeres puedan mirarse en ese recorrido y reconocerse capaces de salir adelante, ya sea en la estética, en las uñas, en la peluquería o en cualquier otro oficio con el que sueñen.

Su historia no borra el daño sufrido, pero sí ilumina el valor de los acompañamientos que llegan a tiempo y de las redes que sostienen cuando todo parece roto. Desde Telde, y de la mano de In Género, esta joven colombiana ha rehecho su camino. Y ahora, con la voz firme, quiere que su testimonio sirva para abrir una puerta a quienes todavía siguen buscando una salida.

Fuente: laprovincia.es